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Anne Bourrel, auteur La Manufacture de livres

Esteban y Almeria,Traducido del francés por: Conchi Botella Quesada - Marc Castang López - Maribel Menoyo Bueno

27 Avril 2013 , Rédigé par anne bourrel écrivain pop

 

Esteban y Almería

 

 

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“Muy noble, muy leal y decidida por la libertad”

                                Lema de la ciudad de Almería

 

 

Esteban baja la cabeza. Un mechón rizado se desprende de su mata de pelo negro, cruzándole la frente. Almería le aparta el mechón con la mano. Esteban levanta los ojos hacia ella y de pie, cara a cara, se miran largo tiempo, profundamente.

Almería suspira.

Esteban la toma entre sus brazos.

Ella apoya la frente contra su pecho. Él la estrecha contra sí arrugando su blusa de seda verde. Su mano asciende hacia la larga trenza morena. Tiene ganas de deshacerla, pero no lo hace. Le pesa demasiado el cuerpo para el amor. No añade palabra. Desde hace algunos días hablan poco.

Afloja su abrazo. Intercambian una larga mirada, ojos verdes en ojos negros. Se besan en los labios, un beso suave, casi sin pensarlo.

Almería vuelve la espalda a Esteban, su trenza se balancea, la seda de su blusa verde se estremece. Abre lentamente la puerta del armario, que rechina. Al fondo, sobre el estante de madera barnizada, esperan varios pares de zapatos de baile, de tacón, de idéntica hechura. Tres pares negros, dos pares beis y dos pares rojos.

-       Escógelos tú, Esteban, yo no soy capaz. Será más fácil así.

Esteban se acerca al armario con paso inseguro. Almería reprime un sollozo y se da la vuelta, el rostro entre las manos, para no ver a Esteban hacer eso que, precisamente, le rompe el corazón: escoger el único par de zapatos de baile que se podrá llevar allí, al otro lado de las montañas, a Francia.

Parte porque Esteban dijo que era la única solución. Si por ella fuese… Pero él asegura que están en peligro, ellos también.

Allí, en Francia, ni siquiera sabe si podrá bailar. No sabe con certeza en qué ciudad podrán vivir. París está muy lejos de la frontera. Por primera vez en su vida tiene que pensar en su futuro, pensarlo seriamente, y para ello, Almería no tiene fuerzas.

 Ella preferiría quedarse en España, más aún volver a Andalucía. Pero Esteban dice que los que están en el poder son sus enemigos declarados y que, bajo su gobierno, jamás encontrarán su sitio. Habla todo el tiempo de los que murieron. Ella tiene miedo. Por la noche tiene pesadillas. La guerra, Almería no la quiere.

Cuando, en el 36, “ellos” asesinaron a Federico, el director del teatro “La Barraca”, Esteban decidió dejar la compañía, huir de Granada y subir más arriba, hacia el norte, donde vive su madre. Era de noche cuando emprendieron camino, junto con cientos de otros, todos encorvados bajo el peso de enormes hatillos. Esteban decía que no hacía falta que se preocupara, en Cataluña, cariño,  podrás bailar. Mi madre conoce a gente  y volveremos a subirnos al escenario, ya verás.

Y, ahora, tres años después, todo vuelve a empezar. No, dice Esteban, continúa, nada más.

Tendríamos que haber ido a Francia mucho antes, sin duda.

Sin embargo, en Cataluña, es cierto que conocieron muy rápido el éxito, en los cafés y pequeños teatros que comenzaron a abrirse en las ciudades del norte, al estilo andaluz. Hay que decir que forman un dúo excepcional, Esteban y Almería.

Con el paso del tiempo, las aguas volvieron a su cauce. Almería se acostumbró a su nueva vida catalana. Pero hubo otros bombardeos, muchos otros, y muertos, de nuevo,   en todas las familias.

En el sur, en el norte, hasta en el último rincón del país, la guerra está por todas partes.

Y luego, contra todo pronóstico, la madre de Esteban está demasiado de “su” parte. Eso inquieta mucho a Esteban. No quiere terminar como guitarrista oficial de “esa” gente.  No quiere que Almería baile por su causa.

Ahora que Esteban ha escogido uno de los pares de zapatos rojos, vuelve a cerrar el armario. Almería reconoce el chirrido. Se vuelve. En su espalda, el pincel de su trenza morena abanica el aire.

Ve a Esteban presentarle en sus manos abiertas el par de zapatos rojos.

 

- ¿Bailas?

- ¿Coges tu guitarra?

 

Esteban y Almería cantan a la guerra y cantan a la libertad. Está prohibido, pero son jóvenes.

La guerra,

la guerra…

La guerra ha terminado ya y está perdida.

Se van. Huyen. Se exilian. No saben cómo van a arreglárselas. Ni siquiera hablan francés.

 

Al día siguiente, de noche cerrada, sus dos pequeños hatillos listos, se aprestan a partir. No han cogido casi nada, tienen que viajar ligeros de equipaje, tal vez les haga falta correr para cruzar la frontera. Se han calzado para la marcha y se han abrigado.

Por el camino, se van encontrando con muchos otros No se esperaban este exilio en masa. Son miles, filas enteras de hombres, mujeres y niños venidos de toda España, hormigas que cargan consigo el peso de las lágrimas mientras se precipitan por el estrecho paso de la frontera. La Junquera, el Pertus, Cerbère, Portbou, Prats de Mollo, Argelès, Collioure, Rivesaltes... Francia les espera con un palo en la mano, pero ellos no lo saben. Todavía no.  Todos continúan su avance, de dos en dos, de cuatro en cuatro, en familia, entre gentes de su mismo bando. Entre ellos, Esteban y Almería, ojos verdes en ojos negros.

 

Como estaba previsto, llegan a La Junquera al amanecer. Están extenuados. Deciden sentarse a la orilla de un arroyo que atraviesa la ciudad, bajo un pequeño puente, al abrigo del viento y de las miradas. Duermen por turnos, transidos de frío. Tienen demasiado miedo como para permanecer en las calles. Dicen que los soldados del caudillo están también subiendo hacia la frontera. Dicen que al otro lado, en Francia, la policía empieza a cortar caminos. Y luego dicen que no, que no es verdad, que la vía está libre. Esteban y Almería deciden que no escucharán a nadie, que se quedarán aparte, que descansarán un poco a la orilla del río y más tarde cruzarán.

Deshacen sus hatillos para usarlos a modo de mantas, alinean en el suelo mismo sus pocas cosas. Los zapatos rojos ponen una hermosa nota de color sobre el verde espeso de la hierba, a la orilla del río. El cielo de invierno se desprende poco a poco de su  manto negro, se vuelve blanco, luego azul.

Esteban y Almería comen lo que han llevado. Pan. Queso. Higos secos del verano anterior. Una manzana algo echada a perder. Beben  agua del río. Hacia las seis vuelven a comer un poco de pan y los higos que les quedan. Luego, sin una palabra ordenan sus pocas cosas en los pañuelos. Esteban sostiene firmemente su guitarra con la mano. Tiene frío en los dedos.

Andan una hora entera. Avanzan lado a lado hacia la frontera, Esteban y Almería. Se miran de vez en cuando, profundamente, sin decir nada. Avanzan al descubierto. Es la noche del 13 de febrero de 1940.

Cruzan la frontera por el medio del pueblo. Dejan atrás el mojón que hay en medio de la avenida, esa que divide en dos  el pueblo del Pertus y marca la frontera entre España y Francia. El mojón número 576.

Se miran una vez más y se sonríen. Ojos verdes en ojos negros. Su paso acontece en una calma extraña, una ruptura de todo sonido, una parada en el tiempo.

 

- Ya está.

- Hemos cruzado.

 - ¿Estamos… salvados?

 

Se ven en medio de filas de gente. Filas, paquetes, montones de gente. De repente, el sonido volvió. Se oye hablar castellano, catalán, hasta se oyen dialectos que no se conocen. Hay también gente que habla francés. Gendarmes sobre todo. Y  comerciantes del Pertus que no salen de su asombro por tantos visitantes pero que, sin embargo, se preocupan por su futuro, tras convivir cuatros años con un país en guerra y que ahora…

Esteban sostiene la mano de Almería. En su otra mano, la guitarra tiene ganas de volver a  cantar. Esteban, con un esbozo de sonrisa en los labios, susurra palabras al cuello de Almería.

Pero Almería palidece. Mira a Esteban con los ojos muy abiertos por el horror, la mano sobre la boca. Cae de rodillas en medio de la carretera, abre su hatillo, rebusca frenéticamente entre las pocas cosas que ha traído y sostiene en alto un solo zapato rojo:

 

- ¡El otro zapato, Esteban! ¡Junto al río! ¡Lo he olvidado!

 ¡Junto al río! ¡Oh, cariño! ¡Hay que volver allí, hay que volver allí!

 

Él hubiera podido responderle que no, que era demasiado peligroso, que no podían volver atrás. Hubiera podido prometerle encontrar otros zapatos de flamenco una vez instalados en Francia. Ella le hubiera tal vez creído y, después de todo, bien hubiera podido ser así. Habrían podido seguir su camino… Pero no. En lugar de ello, lentamente, se levanta,  atrae a Almería hacía sí, posa un beso muy dulce en sus labios carnosos, sencillamente, suavemente, tiernamente.

Y vuelven sobre sus pasos. Hace frío en esta mañana del 13 de febrero de 1940. Mucho frío. Cruzan de nuevo la frontera en el otro sentido. Es una verdadera locura. Avenida central. Mojón 576. Porque, por desgracia, es ese día cuando Francia decide cerrar sus fronteras a los refugiados españoles que afluyen, desde hace ya meses, en un número que no cesa de crecer.

El gobierno está harto de toda esta gente, hay demasiada, falta sitio en los campamentos, falta pan.

Es ese día, precisamente ese día, que los dos lados de la frontera están repletos de hombres armados: gendarmes de Francia en un lado, soldados del caudillo en el otro. Y lo que tiene que pasar, pasa.

Sin aviso. Algo desgarra el aire y…

 Esteban cae, una bala española en el corazón, Francia a sus espaldas.

 

 

 

*

 

 

Jamás conoció Almería amante más bello, más noble, más leal y más gran amigo de la libertad.

 

Hasta el final de su vida, en los años 70, ya mayor pero aún buena bailaora, se vio a Almería bailando en los tablaos para turistas de las afueras de Barcelona…Su nombre artístico al servicio de la propaganda era: La Viuda. *

La Viuda.

 

 

 

 

 

 

 

 

 Anne Bourrel, en français in revue Brèves, n°95

 

 

 

Portada de Carmen Selma

 

Traducido del francés por:

Conchi Botella Quesada - Marc Castang López - Maribel Menoyo Bueno

 

*En español en el texto original.

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